lunes, 25 de agosto de 2014

Mamá, gracias.

Y sentir la necesidad, o mejor dicho, la no necesidad de ver a alguien, porque sabes que cada mirada sólo te trae recuerdos dolorosos, y simplemente no se van de la cabeza.
Es como perdonar, qué fácil ¿no? Pues no. Hay cosas que no se perdonan.

Pararte a pensar y no poder dejarlo ir. Llorar de rabia, frustración, rencor hacia tu propia sangre.
Es gracioso. La familia. Já.
Dicen que están ahí 'para todo', que los padres son nuestra "tierra firme".
Pues yo sólo tengo una orilla. El otro es un precipicio hacia nada.

Quién lo diría. Ha pasado tanto, pero tanto tiempo, que ya no recuerdo nada bueno de lo que el precipicio me pudiese dar. Es un desconocido por completo.
Siempre me ha faltado ese abrazo al llegar de clase con su "¿qué tal el día?". Esa frase siempre la he recibido de la misma persona. A la que de verdad la debo todo.

Siempre he podido contar con tres personas que son esenciales en mi vida, y de las que me enorgullezco enormemente.

Mi hermano, mi protector, con el que puedo contar siempre que me pasa algo. Aunque no esté a todas horas, es el que mirándome a los ojos sabe que algo pasa. Tenemos esa conexión. Sabemos que al otro le sucede algo con sólo mirarnos.

Mi abuelo. LO MEJOR QUE LA VIDA ME HA PODIDO DAR. Y sí, con mayusculas. Sé que no habrá nunca mejor persona con la que contar si necesito algo, por pequeño que sea. Ahí va a estar. Es mi héroe.

Y mi madre. Mi todo. Porque es lo que es, todo. Sin ella ¿qué habría hecho? Ese es el resumen, lo es todo y por eso, darla las gracias o decirla "te quiero" cada vez que puedo, se queda pequeño comparado con lo grande que es.
Es la persona que nos ha guiado aún cuando estábamos ciegos, la que nunca se ha rendido, mi guerrera.

Por todo eso, gracias mamá.




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